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Nuestro paisano Rafa Merino premiado en Madrid

Posted by deporcuna en 29 abril 2016

Nuestro paisano Rafa Merino, maestro que desempeña sus funciones actualmente el el CEIP La Campiña de Cártama (Málaga), ha sido premiado en Madrid como finalista en el concurso de cuentos Infantiles LOS PROFES CUENTAN: “INSPIRADOS EN LA NATURALEZA”. El cuento de Rafa, titulado ‘El conejo y la botella’, fue uno de los finalistas por lo que su cuento será publicado en el libro ‘Erase una vez un mundo mejor’.  Enhorabuena maestro.

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Texto y fotos enviados por el Club Atletismo Porcuna.

EL CONEJO Y LA BOTELLA

¿Un conejo? ¿Tumbado? ¿Sin ningún temor? ¿Contemplando los milagros de la naturaleza?

Pues sí, ese soy yo.

Orejas grandes, cuerpo pequeño, cola como una borla completamente blanca por debajo. Así me describís vosotros, los humanos. Para mi familia, soy simplemente un conejo; eso sí, uno muy listo.

Todo cuanto observo está ahora en su lugar: aquí las encinas, allí los alcornoques, más allá un lince, ¿un lince? ¡Oh, no! ¡Estoy perdido! ¡Calma! Respira despacio -me digo siempre a mí mismo-, no me ha visto ni olido. Menos mal. Ya se fue.

Como iba diciendo, todo está ahora en armonía. Y más aún hoy con la fina lluvia que las nubes mansamente dejan caer y que intensifican y elevan los olores hasta las más altas cumbres de estas sierras; lavandas, romeros, tomillos…

Pero hubo un momento en el que no todo fue así…

Ocurrió una vez que toda mi familia y un servidor (o sea, yo, el conejo más avispado de toda Sierra Morena), tuvimos que convivir durante doce largos meses con seres extraños llegados desde el mismísimo cielo.

Tal vez para un humano ese tiempo no sea mucho. Pero para un conejo, uno como yo, ¡un año es la cuarta parte de su vida! Y todos esos días compartiendo espacio con aquella horrible botella amarillenta y sus amiguitos, es una eternidad.

Nuestra relación no empezó nada bien, tengo que reconocerlo…

Esa dichosa botella…

La misma que se llenó de confianza al verse rodeada por un lata verde de un refresco extraño, un pequeño tarro de cristal añil y varios envoltorios de plástico quemados por el Sol.

Y todo allí, amontonado, en lo más recóndito del bosque. Allá donde el agua corre cristalina, los árboles crecen hasta arañar el azul cielo y donde las rocas llevan siglos ocupando el mismo lugar.

En el mismo rincón del bosque donde yo puedo inspirarme y escribir, mirando el discurrir constante del agua en el riachuelo. Para un conejo es lo más parecido al paraíso… (No, el paraíso de los conejos no es un campo lleno de zanahorias, de hecho, ¡odio las zanahorias!)

Pero volvamos a esa botella…

El primer día que la vi…, bueno, no la vi. De haberlo hecho no habría caído rodando montaña abajo con las risas inevitables del búho y de la gineta. Un momento, ¿estos animales no deberían haber estado durmiendo? ¡Todo ocurrió de día!

Mi alcornoque preferido paró nuestra caída. Yo me levanté, pero la botella quedó inmóvil a solo unos pocos metros de donde la había encontrado. Cuando me repuse del tremendo susto me acordé de Martín. Sí, recuerdo muy bien a ese chaval. Siempre le había divertido hacer sonar las pequeñas piedras que metía en esa clase de recipientes de plástico una vez vacíos. Y como siempre, después de jugar un buen rato la arrojaría por aquel barranco. Pero ese día no puso piedrecitas en su interior…

-“¡Martín, Martín!”, gritaba su padre. “¿Has visto la llave del coche? ¡Estaba aquí hace un momento!”.

Martín se limitó a negar con la cabeza. ¿Cómo decirle a su padre que la llave había “volado”?

Sin excepción, todos los familiares de aquel chico (y él mismo) pasaron muchas veces junto a la botella, pero nadie se agachó para cogerla, nadie. Ninguno pudo haber imaginado que dentro de un miserable envase de plástico pudiera estar lo que tanto ansiaban. Si alguno de ellos hubiera tenido la necesidad de agarrarla para dejarla en su lugar, el contenedor amarillo, tal vez habría hecho sonar la llave en su interior, y aquella noche no hubiesen tenido que dormir dentro del coche, mamá, papá, el tío Federico, la abuela Antonia, el tío de Valdepeñas y Martín. Y a cinco metros, una botella aparentemente vacía pero con la llave mágica en su interior…

La grúa se llevó el coche sin llave y a todos sus ocupantes a la mañana siguiente.

No volví a ver a Martín. Con la botella me encontré cada día de los 365 que un año tiene.

Muchos humanos visitaron lo que hasta aquel momento había sido mi paraíso. Recuerdo especialmente un grupo de chicos, con su maestro, que vinieron hasta aquí solo para limpiar el monte. Al menos eso se podía leer en sus camisetas: “Limpiemos el monte”. Se lo llevaron todo. Hasta aquella dichosa botella.

Ahora todo vuelve a ser como antes.

“¡Shsss!” El lince está de nuevo ahí. No, hoy tampoco me comerá…

Por cierto, no os he dicho mi nombre. Pero a vosotros seguro que no os interesa ni la vida ni el nombre de un vulgar conejo de monte.

Atentamente,

Martín

http://www.amarilloverdeyazul.com/2016/03/el-conejo-y-la-botella/

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Isabel Jalón Rojas

coastal physical oceanographer

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